Ahora que llega la Navidad es cuando me doy cuenta, realmente, de que ya hace tiempo que llegué a Bolivia (casi 11 meses) y prácticamente un año que vi por última vez las montañas de la hoya en la que está mi pueblo levantino y juguetero.

En La Paz, pareciera que el tiempo es atemporal. Sí, suena extraño, pero es que el hecho de que todas las estaciones climáticas se den en un día y no de forma repartida a lo largo del año hace que, alguien acostumbrada a la primavera, al verano, al otoño y al invierno bien marcados se sienta un poco al estilo de Bill Murray viviendo una y otra vez el día de la marmota, aunque no tan exageradamente.

Algunas calles y tiendas lucen guirnaldas, iluminación especial y belenes. Hay un estúpido camión que recorre la ciudad perjudicando la “normal” circulación del tráfico (si es que se puede calificar así al habitual caos vehicular paceño) y la tranquilidad de los vecinos. Anoche, a las diez y media, sus estruendosos “Ho ho ho” y “Felicidades” (o algo así) irrumpieron en mi salón. Ridículo.

Ha empezado la época de lluvias. Aunque salga un sol quemante y espléndido de verano a 3.000 y pico metros de altitud, a lo lejos se ven nubes negras acechantes que se acercan a los límites del valle donde se encuentra la ciudad. Al cabo de unas horas, si una se ha vestido con sandalias y ropa veraniega, y se ha colocado las gafas de sol, está perdida: desde una buena distancia se puede ver cómo una cortina de agua cae sobre una zona en el otro extremos de la ciudad mientras se oyen unos truenos dignos de película de terror. Y una piensa: “¿Por qué no habré traído ese calentito jersey que dejé tirado sobre la cama o esa chaqueta que está muerta de la risa en el armario? Además del paraguas, claro”. Sí, aquí hay que ir en plan cebolla o estás perdido.

Galletitas navideñas

Así que esta época me hace pensar que me encuentro en el levante español (por lo de la lluvia). Pero no, porque las calles no están cubiertas de hojas y la gente no tiene cara de “qué frío tengo, adiós al tinto de verano hasta dentro de un año, y ya sin vacaciones durante 12 meses…”. No, las vías de la ciudad lucen como siempre y la cara de la gente es la habitual. Sólo hay, como dije, algunos adornos navideños que para nada son tan ostentosos como en otros lugares, y pienso en Europa, que es lo que conozco en Navidad. Si, encima sale el sol y me da calor, y estoy pasando ante el Hipermaxi de la zona sur, tan lleno de guirnaldas y esas cosas, me entra un picor… Y me parece raro: Navidad en verano. Claro que tiene que ser más gracioso sin que de repente haga un frío del quince o al ladito de la playa. ¿Por qué los pinches españoles no fundaron la ciudad en Los Yungas, con calorcito, allá donde crecen las frutas y el café por doquier? En fin, que no hacemos nada bueno. Y una mira hacia la llamada “Madre Patria” y, aunque no sea época de mucha lluvia, ve unos nubarrones horribles, a la gente sin paraguas (pero con tele) y tampoco entiende nada.

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