Lejos queda el 2 de febrero, cuando me despedí del cielo de azul descolorido y algo grisáceo de Madrid desde la terminal 4 del aeropuerto de Barajas. Más atrás queda Navidad, cuando dije “hasta luego” con un nudo en la garganta a mis montañas de la Foia de Castalla.
Se van a cumplir, dentro de unas semanas, 7 meses de mi llegada a Bolivia. Y no sé cuánto va a hacer ya desde la última vez que escribí en este blog. Bueno, imagino que será que estoy ocupada y pasándolo bien, ¿no? Sin embargo, como propósito de final del invierno en el hemisferio sur, me pongo a mi misma la meta tanto de escribir más en este espacio como de no descuidar a la gente que quiero y que está tan lejos, para que la distancia sea tan sólo geográfica. Nada más.
Todavía hay palabras, expresiones y, sobre todo, personajes políticos e históricos que no me son familiares, pero ya conozco prácticamente todas las músicas floklóricas (al menos, las más conocidas) y al vuelo puedo identificar si una pieza es morenada, tinku, caporales, saya o tobas. He de reconocer que aún me cuesta con la llamerada y la kullawada, pero será porque no me gustan demasiado… Eso sí, a la morenada, que no me hacía tilín, ya le pillé el gustillo. Tengo mis piezas preferidas y las canto y todo… e intento bailarlas en los boliches mientras la gente me mira raro, pero “a quién le importa lo que yo haga”.
Poco antes de venir vi la película española También la lluvia y me entraron más ganas de venir… Ya he estado en Cochabamba, la ciudad en la que está situada la acción del filme, lugar que siempre me recordará a mi madre por eso de “t’en vas a la Cochibamba” y a donde, parece ser, emigraron parientes míos huyendo de la Guerra Civil española. Pendiente queda todavía encontrar a sus descendientes…
A veces la nostalgia y la rutina hacen que se encondan en un rincón la ilusión y el saberse afortunada por tener esta oportunidad de conocer otro mundo, “América, todo un inmenso jardín”,, que cantaba Nino Bravo y que también me recuerda tanto a mi madre… Pero, a veces, cualquier cosa hace que eso que estaba oculto vuelva a florecer. Ayer vi Blackthorn, la peli española ambientada en Bolivia sobre Butch Cassidy. Salen paisajes que aún tengo pendientes, como Potosí o el salar de Uyuni, y se avivó de nuevo la ilusión (que no se ofenda nadie, la gente que quiero acá también lo hace cada día. Si no, sería insoportable la nostalgia). Pero, al mismo tiempo, también me trajo el recuerdo de aquellas mañanas (si no me traiciona la memoria) en un salón de paredes empapeladas y muebles setenteros, recostada en el sofá, con “el iaio”, mi abuelo, en una pose incomprensiblemente cómoda para él sentado a la mesa, viendo “Una de l’oest” en Canal 9. ¿Qué hubiera opinado él de este western moderno? ¿Hubiera dicho su típico “aixó no val res” y se hubiera salido al balcón a fumar, o la hubiera disfrutado y hubiera reído escandalosamente cuando a alguien le pasaba algo jodido? Menos mal que sale Sam Sheppard en esta historia y no John Wayne (algo difícil, claro) porque eso sí me hubiera traído tantos recuerdos que no podría haberme involucrado en la peli. Aunque eso tampoco fue nada fácil porque, maravillada por los paisajes, no paraba de pensar: “Nota mental. Tengo que averiguar qué lugar es ése para ir”.
Y así, entre recuerdos, nostalgia e ilusión, sigo adelante en mis andanzas por el “nuevo continente” aunque parte de mí siga estando en el “viejo”.

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