Me duché como mi abuela

Cuando llegué sudada y llena de picaduras al hotel y me dieron el notición de que no había agua corriente, pensé: “Ahora no me hace ni —- gracia pero, cuando esté de vuelta en La Paz, me alegraré de haber vivido algo así”. Y no me equivoqué.

Malditos mosquitos

Regresé a la selva un mes y poco después de la primera vezp ero, en esta ocasión, al otro lado del río Beni, es decir, en el norte del departamento de La Paz. Me dije: “Tomaré todas las precauciones posibles para evitar que me coman los mosquitos, como la otra vez”. Compré vitamina B (que empecé a tomar tres días antes del viaje), repelente y antiestamínicos por, si aún así me picaban, evitar la desesperación de la comezón.

Pedro (el fotógrafo), el periodista de la organización con la que viajábamos, y yo, salimos de la La Paz, en avión, a mediodía, hacia Rurrenabaque. Llegamos allí y Pedro y yo tomamos un mototaxi mientras el tercer elemento se quedaba a esperar su equipaje. Buscábamos a una señora vendedora de mocochinchi a la que entrevistamos un mes atrás para darle la revista en la que la sacamos, pero no estaba su puestecito donde siempre.

Nos juntamos con el periodista en elmuelle para cruzar el Beni hasta San Buenaventura. Una vez enfrente (pocos minutos después) buscamos transporte para ir hasta la localidad de Ixiamas. Conseguimos una especie de Kangoo y allí nos metimos unos cuantos viajeros. Por delante teníamos cuatro horas de viaje por una “carretera” (por decir algo) de tierra y piedras surcada por numerosos charcos (en los que se podía dar varias brazadas) y arroyos. Fui parte del viaje con la cabeza de un bebé incrustada en mis costillas y con la madre casi apoyada sobre mi hombro, ambos dormidos.

Llegamos de noche a un pueblín con una luz muy tenue. No teníamos hotel, así que fuimos a buscar. Finalmente encontramos donde guarecernos. Me tocó una habitación con dos camas. Sobre una de ellas, un trozo del techo estaba abierto. Por allí tenían que entrar bichos, fijo. Así que elegí el catre del otro lado del cuarto.

Quise ir a ducharme ya que el clima de allá es bien caluroso, pero me dijeron que no habría agua corriente hasta las 6 de la mañana. ¡Ah! Y la luz se apagaba en todo el pueblo a las 12 (en Ixiamas sólo hay electricidad de 7 de la tarde a medianoche). Para colmo, no tenía cobertura. Así que, a dormir, sintiendo sobre mí la “fuerza” de un ventilador hasta arriba de polvo que, a su máxima potencia, parecía un niño tratando de soplar las velas de la tarta de su tercer cumpleaños.

Antes de meterme en lacama la aparté de las paredes porque al lado del cabezal había unas cuantas telarañas y… no, gracias.

A la mañana siguiente me levanté poco después de las 6 para tomar la deseada ducha. Pero… el agua corriente no había aparecido. Así que me lavé un poco y a desayunar.

Tras llenar los estómagos, los participantes en el evento que íbamos a cubrir (una clase práctica sobre aprovechamiento) nos repartimos en varios minis. Para recorrer los 7 kilómetros que nos separaban del lugar de la selva que íbamos a visitar tardamos dos horas. El camino era de tierra con grandes barrizales que obligaron a bajarnos más de 5 veces de los minis para que, algunos hombres, empujaran las camionetas y subirnos al otro lado del lodo.

Pasamos toda la mañana en la selva y yo me sentí exhausta por el calor y las picaduras de mosquito (me macraron). Hablando de bichos, había unos chupasangres no muy grandes que se enganchaban a la piel y, para quitarlos, no bastaba con darles un poco con el dedo, como con los mosquitos “normales”: había que agarrarlos, arrancarlos y mandarlos a tomar vienteo.

Tras el almuerzo, nos metimos de nuevo en los minis. Yo tenía un golpe de calor y estaba desesperada por bajarme de aquel vehículo lleno de gente y con soletón dándole sobre el techo: el calor era insoportable. Me acordé de alguien que, en un vagón de tren que circulaba entre Marraquech y Fez al que se le había roto el aire acondicionado, casi se muere del calor. Como yo hice en aquella ocasión, Pedro me fue echando agua por encima. Y el periodista que iba con nosotros suelta: “¿Conoces el concurso de Miss Camiseta Mojada?”.

La esperanza de encontrar agua corriente cuando llegamos al hotel se desvaneció rápido. Así que tuve que preguntar cómo tenía que hacer para ducharme. En el patio del hotel había bidones llenos de agua. Agarré un cubo, lo llené (me tuvo que ayudar Pedro, aquello pesaba un huevo) y me fui a uno de los cuartitos que servían de ducha, que están en el patio y sin cristal en la ventana, pues hace un calor… Con una pequeña zafa me fui echando por encima el frío, pero gratificante, agua.

Tras la cena y unas cervezas, de nuevo a dormir. Había que levantarse a las 3.20 de la mañana para ir a la parada de mini que nos llevaría de vuelta a Rurrenabaque, donde tomaríamos nuestro avión. Pero antes fui a “cancelar” (pagar) la cuenta al dueño del hotel, y me estuvo contando historias sobre un héroe local, Bruno Racua, del que hay una estatua en una plaza, que consiguió él solito espantar a los brasileños que estaban acampados cerca, esperando el momento de machacarlos. También me habló del famoso El Dorado, al que dos señores que se alojaron en el hotel andaban buscando por toda Bolivia.

Al sonar el despertador me levanté y pensé: “Si no hay luz en el hotel, porque se corta la corriente, ¿habrá en la calle?”. Ixiamas es un pueblo con zanjas entre las aceras y la vía (de tierra) por donde corre agua. Sin luz, fácil meter ahí la pata. Y, encima, también se puede pisar un perro, porque se apalancan en cualquier lado y tienes que tener un cuidado…

Efectivamente, no había luz en el pueblo y no nos acordábamos demasiado bien de dónde estaba la parada. Caminamos con la luz de mi móvil y con todos los perros de Ixiamas detrás, rabiosamente ladrando cerca de nuestras piernas. Miré hacia arriba… qué belleza, ¡cuántas estrellas! Creo que nunca había visto tal cantidad de puntitos de blanco tintileante en el cielo.

Subimos al mini y, a las 4 de la mañana, comenzó uno de los peores viajes de mi vida. Fueron cuatro horas de montaña rusa, muerta de sueño y sin poderme dormir porque, al menor descuido, me daba contra el cristal de la ventanilla de mi derecha. Al final acabé con la cabeza y el hombro derecho dolorido de tanto golpe.

Disfrutando de una siesta en la hamaca

Llegamos a San Buenvantura y estaba cayendo el diluvio universal. Llegamos empapados hasta la otra orilla y… ¡sorpresa!. Cómo no, los de la compañía aérea habían retrasado nuestro vuelo, como la otra vez. Con Amaszonas, si no son pitos, son flautas. Así que nos quedábamos hasta el día siguiente. Y al día siguiente retrasaron de nuevo el vuelo de la mañana al último de la tarde pero, al menos, disfruté mucho de las maravillosas hamacas y del rico pescado, además de pasar tiempo con mi amiga Lea, que ahora vive allá.

Una cosa me traje de allá, además de las picaduras: emperramiento de hamaca. ¡Necesito unaaaaaaaaaa! Espectaculares.

Y ya que estoy aprendiendo francés, me despido hasta la próxima con un “au renovir”.

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2 respuestas a Me duché como mi abuela

  1. TERE dijo:

    MARE MEUA GEMMA QUINES PICAES Y QUINES AVAENTURES ESTAS VIVIN

  2. conchi rico esteve dijo:

    les picades son de campeonat,si va tom pare allí es mori el primer día de una diarrera y ta mare de una urticaria de campeonat..besets

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