Dice la leyenda que el sol saltó desde la roca sagrada que hay en la partenorte de la isla para iluminar el mundo y que el dios Viracocha creó a la Humanidad por segunda vez tras el diluvio original; aquí aparecieron los fundadores del Imperio Inca, que luego se fueron a Cuzco; hay a sus pies una ciudad sumergida, que se dice fue un lugar sagrado para los tiwanacotas y que, para algunos investigadores, revive el mito de la Atlántida. Aún hay grupos de gente que van hasta las ruinas de Chinkana (palabra quechua que significa “laberinto”) para orar al sol. No se oye el sonido constante del tráfico, ni de las ambulancias ni del camión de la basura, porque no hay nada de eso. Existe un lugar así, en medio del lago Titicaca, una basta extensión de agua al norte del Departamento de La Paz, en Bolivia, desde el cual se puede acceder a tierras peruanas. Es la Isla del Sol.

En esta extensión de tierra, que se encuentra a 3.810 metros de altura sobre el nivel del marque y mide casi 11 kilómetros de largo por algo más de 4 de ancho, hay numerosos restos arqueológicos y tres comunidades originarias, aymaras: Yumani, Challa y Challapampa. Cada año llegan más turistas deseosos de conocer la escalera del Inca y su jardín, Chikana (palabra quechua que significa “laberinto”), el Palacio de Pilkokaina… y, también, para disfrutar de la paz y la tranquilidad de sus playas y de su gastronomía, en la que abunda el pescado. Algo delicioso es la “wallaka”, una sopa de pescado rica, rica.

Pero, para sorpresa del visitante, hay que pagar por todo: por ver las ruinas (lógico), por el hecho de llegar a la isla, por pasar de una comunidad a otra. No es que cobren mucho al visitante, pero molesta. Es como si los que llegan a París tienen que pagar por el hecho de pisar suelo parisino… y seguir soltando monedas por ir a ciudades cercanas.

Durante mi visita, estuve conviviendo con dos voluntarios alemanes que trabajan como auxiliares de inglés en la escuela de Challa. Allí vi cómo se organizan los comunarios: todos los lunes, los representantes de algo parecido al AMPA se reúnen con el director para ver cómo van las cosas. En esa reunión, en la mañana, no puede faltar la coca: cada cual llega con su bolsita (normalmente de tela de colorines) y la coloca junto con la de los demás. Todos comparten, no vale “manguear” (gorronear, vaya).

Una cosa que me llamó mucho la atención fue que la gente, cuando se dirige a otras personas, utiliza la palabra “tía” o “tío”. Es una muestra de respeto.

También se me quedó grabada la imagen de mujeres, hombres, ancianos y niños cargando piedras y removiendo el terreno para construir un comedor común. Todo el mundo arrima el hombro ya que va a beneficiar a la comunidad. Practican el ayni, algo así como hoy por mí, mañana por ti.

Fui a visitar las ruinas del norte, donde se encuentra Chinkana. Este complejo laberíntico era una “aclla huasi” o casa de las vírgenes del sol, donde los jóvenes iban a orarle al astro rey. Estando allí pude observar a un grupo de gente que, en silencio y recibiendo el sol de la tarde, hacían un extraño sonido con raros objetos de cristal. Espero que usaran crema solar, porque hay que tener cuidado con el sol, en todo el altiplano, pero especialmente en la zona del lago. No sé si será por el reflejo del agua, pero olvidé ponerme una gorra y estuve varios días cual serpiente: cambiando mi piel.

Cerca de Chinkana está la roca sagrada desde la que tanto el sol como la luna saltaron al cielo. Supuestamente tiene forma de puma, o similar, y en la parte superior está impresa la cara del dios Viracocha. Yo no vi nada de eso. De hecho, de algunas de estas cosas me enteré cuando ya estaba en la lancha, de regreso a Copacabana. Uno de los comunarios me pasó una tesis sobre la isla, para que se la corrigiera. Pude leer historias maravillosas. Una de ellas decía que el sol y la luna se refugiaron en dos cavidades de la roca para, al día siguiente, lanzarse al cielo y comenzar con su milenario trabajo. El que saltara primero tendría la función de sol, y el hermano mayor estaba destinado a ello. Pero el menor cegó al mayor y saltó primero, convirtiéndose en la estrella diurna.

Cuando el astro rey se marcha y deja de

abrasarte la piel, empieza a hacer un frío increíble (al menos en comparación con la temperatura diurna). Y, si le da por hacer viento, una está en la cama, tapada hasta arriba, oyendo las olas y pensando que el lago se le va a echar encima…

La Isla del Sol es un lugar tranquilo y lleno de historia, con comunarios algo retincentes al extranjero pero que, finalmente, se acaban abriendo cuando ven que el visitante quiere conocer más sobre ellos mismos y sobre la isla. Es una suerte poder sentarse con ellos a compartir una botella de singani y charlar de cualquier cosa.

¿Habían visto alguna vez un bus en barca?
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