Domingo 12 de febrero: Ensayo carnavalesco

Me levanté a las 6.30 de la mañana para irme a Oruro. El conductor contratado por el periódico, Don Hugo, pasó por mi casa a recogerme a las 7. Luego nos dirigimos al Alto: habíamos quedado con el fotógrafo allá, en el peaje. La Paz estaba desierta pero, conforme ascendimos por la ladera, adentrándonos en las calles del Alto, aumentó el trasiego de gente: mujeres y hombres caminaban por el borde de la carretera (no hay arcén), esperaban alguna movilidad que les llevara a sus destinos… Al pasar el peaje, avanzamos unos metros y Don Hugo detuvo el auto en medio del carril de la derecha. Mientras esperábamos al fotógrafo, observé el ir y venir de gente por la pasarela que atravesaba la calzada, por encima de nuestras cabezas. Las mujeres cargaban pesados fardos en la espalda. Le comenté a Don Hugo que me parecía extraño que hubiera tanta gente a esas horas de la mañana y él me dijo que los domingos hay un mercado en El Alto bastante conocido, lo cual explicaba que cerca de las 8 hubiera tal tráfico de gente.

 

Por fin llegó el fotógrafo y arrancamos, rumbo a Oruro.

 

El trayecto dura unas 3 horas y se realiza por una carretera de dos carriles, uno para cada sentido (obvio) por una llanura con montañas a lo lejos. Al lado, campos verdes, algún riachuelo, llamas dispersas, poblados de escasas viviendas en los que se ve a personas vestidas con trajes andinos cuidando ovejas, vacas o burros. Las casas son del coor de la tierra, pequeñas y modestas, con patios bordeados por muros del mismo color, y con calles sin asfaltar. Los tejados son de algo que parece paja o bien están formados por placas de un material similar a la euralita, a veces sostenidas por grandes piedras. Paramos para desayunar en un bar de carretera que había en uno de los poblados que atravesamos. Me dejó atónita el desayuno que se metió entre pecho y espalda Don Hugo: un trozo de carne con dos huevos fritos por encima y papas fritas, mientras yo untaba mi pan con mantequilla y mermelada. Llegamos a Oruro. Nos dirigimos hacia el lugar conocido como “el socavón”: allí comenzó el famoso carnaval de esta ciudad y hoy sigue siendo un punto importante del recorrido del desfile carnavalesco. Había un mercado donde se me iban los ojos mirando todas las maravillas con las que podría deleitar mi paladar: vasos de agua, con una tapa encima y un fruto (no sé cuál) en el fondo, que les da color y sabor; brochetas de fruta bañada en chocolate; granizados; merengues… Hablé con la persona de contacto para preguntarle por el objeto de nuestra visita: las bandas de música que estaban ese día ensayando para el carnaval junto a las comparsas de morenada, caporales y demás danzas. Luego las vimos desfilando: desde niños pequeños hasta personas que sobrepasan la cincuentena se preparan para la fiesta grande, que será dentro de dos semanas. La pasión con la que se entregan al baile los orureños se notaba en cada paso, en cada rostro. Desde luego, no puedo perderme el carnaval. Si ya era entretenido mirar cómo los protagonistas ensayaban los pasos al ritmo de la música, el día D, cuando luzcan los trajes, y en vez de haber 20 músicos haya 100, tiene que ser impresionante.

Para comer, fuimos a un mítico lugar llamado “El Puente”. Me hizo ilusión entrar allí por dos motivos: porque iba a probar el que dicen que es el mejor charquekan

Bailarines de morenada con matraca hecha de quirquincho

Oruro y porque, ¡por fin!, descubrí que los bares Manolo también existen acá, aunque con otro estilo. Cuando entras a “El Puente”, hay una barra en la que puedes comprar bebidas pero, una vez traspasada esta primera parte, hay dos salones pequeños con mesas de madera. Una vez en el segundo, hay que salir al patio: aquí hay autoservicio. En el patio huele a corral y están los baños y una ventana que da a la cocina. Allí sólo se puede hacer dos peticiones: o bien un plato de charquee pequeño o uno grande, también de charque. El primero vale 30 bolivianos (unos 3 euros) y el segundo 35 (unos 3,5, aproximadamente). Ya va siendo hora de explicar qué es el charquee: es un plato a base de carne de vaca secada al sol, mote (maíz grande, cocido) y encima de éste el elemento que da nombre al plato, dos huevos cocidos (en el plato grande, tres) y papas hervidas. Se le puede echar llahua (salsa que se realiza con ají picante y que en Bolivia se echa a casi todos los platos, desde la sopa hasta las papas fritas) y se come con las manos. ¡Riquísimo! Después seguimos viendo bandas, bajo un sol abrasador que me coloreó la cara, y vuelta a La Paz. Me sorprendió ver el número de gente que iba andando por un borde de la carretera. A veces, los conductores hacen sonar la bocina a las personas que están demasiado cerca de su camino para que se aparten. Al pasar por un pueblo vi a dos niñas jugando en medio de la única calle asfaltada, que era la carretera por la que íbamos. Don Hugo pitó insistentemente, pero ellas no se apartaron hasta que prácticamente estuvimos encima de ella (resalto que el conductor no redujo la velocidad en ningún momento, algo bastante habitual). También es llamativa la cantidad de personas que hay en los peajes ofreciendo comida, prensa o, simplemente, piden una monedita. Al lado de los campos vi a muchas mujeres, acompañadas por otras señoras o bien por niños y/o hombres, con sus polleras (faldas largas) y sus sombreros sentadas al borde de la carretera, esperando a saber qué. Imagino que una movilidad, pero da la sensación de que llevan hor

as esperando y que podrían seguir haciéndolo. En los bordes de nuestro camino pude ver algunos pequeños nichos, a veces de colorines, y bastantes animales atropellados. Paramos a merendar. Yo sólo quería un juguito fresco de papaya porque estaba acalorada y, después del charquee, no tenía hambre. Sin embargo, mis acompañantes se pidieron un café con leche (que era un vaso enorme de leche con un chorrito de café) acompañado de pan (un pan redondo y blando que tiene un poco de queso encima) con un trozo enorme de queso para cada uno. Estaba anocheciendo cuando regresamos al coche y, a lo lejos, se veía una gran línea horizontal compuesta por lucecitas tintineantes: El Alto. Se veía inmenso. Cuando llegamos era ya de noche. Pasamos por las calles de esta ciudad famosa por la constante movilización contestataria de sus ciudadanos: mal iluminada, salpicada por puestos de comida casera, con tramos encharcados y embarrados por las fuertes lluvias de los últimos días… Y comenzamos el descenso hacia La Paz: increíble la vista desde las laderas, con miles de luces azules y amarillas conformando un mar hipnotizante ante nuestros ojos. Incluso el fotógrafo, que es del Alto y habrá contemplado esa visión a menudo, miraba absorto por la ventanilla. Horas después, con la luz del día (de una mañana lluviosa) volvería a subir por aquella ladera para ir a visitar el Archivo Minero del Alto. Pero eso ya es otra historia.

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