Sábado 12 de febrero: Turista y cultureta

El sábado por la mañana amaneció un día soleado y caluroso. Yo esperaba ver los nubarrones llegar en cualquier momento, pero eso no fue así: creo que fue el primer día en La Paz durante el cual no llovió desde que he llegado. Siempre hay cambios radicales de temperatura entre unas partes y otras del día (y de la noche).
Era el día en el que tenía que superar el miedo a perderme: Cristina trabajaba y yo quería ir a visitar dos de los puntos míticos de la ciudad, la Plaza Murillo y el mercado de las brujas. Tenía que tomar transporte para llegar hasta allá y volver sin aparecer en la otra punta de la ciudad.

Tomé un trufi y llegué hasta la Plaza Murillo. Con el sol, los turistas, los lugareños, las vendedoras de helado y de comida para palomas… el lugar rebosaba vida, con el fondo de la catedral, el Palacio Quemado y otros edificios delimitando la plaza.

 Las palomas no se quitaban de mi camino, tenía que pedirles permiso para pasar o bien hacer como que les iba a pisar… Y, aunque opté por esto último, tampoco es que se apartaran mucho…
Atravesé la plaza y entré en la catedral. Había cuatro gatas (la mayoría, monjitas) y el cura soltaba un sermón sobre si casarse o no, recomendando no hacerlo en caso de ser un marido “lujurioso”, “borrachín”, “mujeriego”… y otras perlas por el estilo. Muy instructivo.
Luego recorrí algunas calles del centro. Ha sido de las pocas ocasiones en que he visto turistas en esta ciudad. Pasé por delante de la iglesia de San Francisco y me encontré con las primeras tiendas en las que poder adquirir postales.
Llegué a las calles Sagárnaga y Linares, en busca de los puestecillos con objetos para realizar brujería. Pero, para mi sorpresa, no había casi: la mayoría son tiendas de ropa típica (aunque parecía estar destinada a ser souvenir) o gipilongui, mochilas… Aún así, encontré un par de lugares en los que vendían algo que parecían amuletos y los conocidos fetos de llama secos.


Por la tarde llegó el turno del espectáculo. Cristina y yo fuimos al colegio Franco-Boliviano. En la cola, había vendedores que ofrecían refrescos, chicles… Incluso pequeños trozos de corcho para sentarse durante la función, ya que las gradas eran de cemento.
Dentro, en un escenario bastante pequeño, vimos tanto “El Lago de los Cisnes” como “Fantasía”. La función empezó a hora boliviana (unos 15 minutos tarde) y, al poco tiempo, reconocimos en algunos patinadores a los que habían estado en inmigración la tarde de antes… y nos dejaron con la boca abierta. No sólo eran buenos bailarines sino que hacían posturas típicas de los más sorprendentes números de acrobacia circense. El público se hartó a aplaudir.

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